Demasiado ocupado para amar

por Miguel A. Singh
Tenía solo quince minutos para llegar al lugar donde debía realizar un trámite cuando, delante de mi auto, como a unos cincuenta metros divisé la figura de un anciano que caminaba en la misma dirección. Él forma parte de mi congregación y es un hermano muy conversador, siempre lleno de fe y alegría.
- Oh, pensé, si sigo tendré que detenerme, saludarlo y conversar con él y no podré llegar a tiempo para lo que tengo que hacer. 
Inmediatamente doblé en la primera esquina y seguí rápido por otra calle. Llegué a tiempo. Hice el trámite y olvidé el incidente.
A la noche de ese mismo día, muy contento me dispuse a pasar mi tiempo con Dios.
Al poco rato Dios comenzó a hablarme, pero no era nada lindo lo que me decía. 
-No saludaste a…… me dijo Dios.
-Pero, argumenté, ¡¿es eso tan importante?!, vine hoy Dios a hablar de cosas muy profundas contigo.
-Pero, Yo quiero hablar de esto con vos Miguel, insistió el Señor. 
No sabía qué hacer, ya no tenía ganas de estar con Dios, quería volver a la cama y dormir.
Leí la parábola del buen samaritano, las palabras me resultaron muy duras, durísimas. 
…¿Haciendo que cosas heredaré la vida eterna?...amarás a Dios…y a tú prójimo como a ti mismo… ¿Y quién es mi prójimo?...descendió un sacerdote y pasó de largo…asimismo un levita…y viéndole pasó de largo…pero, un samaritano…viéndole fue movido a misericordia…el prójimo es el que fue movido a misericordia…
Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.
Duro, muy duro. Pero, así es, me sentí un sacerdote, un levita, pero no un prójimo.
¿Necesitaría algo ese anciano hermano? ¿Y si solo era un saludo, un abrazo? Lo esquivé, pasé de largo. Estaba muy ocupado, demasiado ocupado para amar.
¿Qué podía decirle a Dios? 
Podía sentir su Presencia, sin duda Él estaba allí conmigo, pero no era el momento ni la situación que yo había planeado.
Me queda el consuelo de que Dios no me condenaba, solo me estaba enfrentando conmigo mismo, sin palabras Dios me estaba diciendo que no le había agradado lo que había hecho.
Son los momentos en que me veo y veo a Dios, yo tan pequeño y Dios tan grande, lento para la ira, grande en misericordia. Dios es muy, muy grande, y yo muy, muy pequeño. 
¿Aprenderé la misericordia?
Ve, y haz tú lo mismo…resonaban esas palabras en mi espíritu en el medio del silencio de la noche…Ve, y haz tú lo mismo.
Está bien Señor, ya te entendí, perdóname.
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